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¿A DÓNDE VAS, CINE PUERTORRIQUEÑO?


Por el Prof. Roberto Ramos-Perea

La reciente y seguro merecida nominación de “La pecera” a los premios Goya ha llenado de júbilo a nuestra Nación. Aunque no hemos visto la película, nos contagia la alegría de saber que toda la Nación está tras ella en ese logro y nos unimos a esa alegría muy gustosos.

De la misma forma, esa alegría nos impulsa al análisis de lo que ha sucedido en los últimos años del Cine Nacional, (descontando “La Pecera”, que como ya dije, no he visto), para como sociólogo de nuestro cine, lanzar algunas reflexiones pertinentes.

Parto de un primer postulado que he sostenido: MUCHO DE NUESTRO CINE TIENE UN GRAN PROBLEMA, QUIERE PARECERSE AL CINE GRINGO. Eso le ha hecho perder identidad, le ha quitado sentido, propósito, pertinencia y sobre todo carente de contenido.

Hemos visto cerca de diez películas realizadas en los últimos dos años y nuestra decepción ha sido mucha. No una decepción contra nuestro gusto particular, sino un comportamiento consistente con la imitación que no abona al interés, ni al compromiso de las fuerzas creativas con la realidad de la que parten. Percibimos un alejamiento de los creadores a su realidad, intercambiada por el interés del lucro, el chiste de la “comedia” insulsa, la fascinación por lo superfluo (los efectos especiales), y una molestosa y aburrida fluidez con lo banal.

No vamos a citar títulos, para que no se condene nuestra buena intención de alerta. Pero de las últimas películas vistas en nuestros cines por creadores nacionales, la mayoría o la casi totalidad de ellas, tienen serios problemas de guión. Textos sin ninguna madurez o conocimiento de las básicas estructuras dramáticas, amarradas al efecto, a la sorpresa sin preparación, al chiste pretencioso y vulgar, y al destaque de la frivolidad.

Muchas de ellas nos han parecido grandes “vacilones” de adolescentes que se escribieron en conjunto en una noche de joda, más que guiones bien pensados, articulados, de contenido pertinente. Sin embargo, aun sabiendo esto, -porque es obvio que deben darse cuenta- se dedican a ellos inmensos esfuerzos humanos, grandes capitales y preparación, para que encima no se les dé una publicidad competitiva. Se les lanza al monopolio de Caribbean Cinemas con solo tres o cuatro reportajes de prensa.

Hace unos días fui a ver una película puertorriqueña, en la que había en sala unas seis personas -contándome con mi pareja. Al precio de la taquilla, unos ($10 y yo $5 por senior) esa tanda de cine no debe haber hecho ni $80 dólares, de los cuales Caribbean Cinema se queda con más del 50%. Si la intención de algunos cineastas locales al imitar el cine gringo con sus superficialidades, es porque creen que esa imitación les producirá dinero, están muy equivocados. Ni los gringos, ni los puertorriqueños aceptarán un cine localista que imita malamente películas que se realizan con millones dólares en un mercado multinacional.

Estas películas que he visto, imitaciones inconsistentes y muchas de ellas incoherentes, parecen escritas por adolescentes fascinados, jóvenes que no pueden separarse de la influencia de los medios, de la TV y del mismo cine que van a ver a los Malls. No hay en ellas sentido de “Historia” ni de historia, no hay sociedad, ni construcción de personajes, no hay lenguaje visual, no hay “calle”, ¡no hay ni siquiera paisaje!

Junto a estos productos tan deficientes que dicen representar el “nuevo cine puertorriqueño”, colocamos obras maestras de nuestro cine contemporáneo como lo son “Pies en la Arena” de Gustavo Perales, o la misma “La Pecera” (que aunque no he visto, he sabido que su calidad merece este apelativo). Por otro lado, la otra columna del cine puertorriqueño, el realizado por la @WIPR TV y su proyecto Lucy Biscana, ha sostenido altas aspiraciones tras los estrenos de “Al final del Eclipse” de Jacobo Morales, “Desandando la vida”, de José Luis Ramos Escobar, las obras del Maestro Luis Molina sobre Díaz Alfaro, “La Llamarada”, “Revolución en el Infierno”, y “Vejigantes” del que esto escribe. Sin embargo, la burocracia gubernamental, la falta de fondos asignados a los fines educativos que estas películas ofrecen, han detenido esta necesaria fuente de creatividad que ha sido orgullo de la Nación.

¿Entonces, a dónde vamos con nuestro cine? ¿Es necesario definir a dónde vamos, si la de la respuesta a esa pregunta depende el apoyo del Gobierno y de su Oficina de Fomento de Cine? ¿Qué cine va a poyar esa oficina de ahora en adelante a partir de este momento crítico de definición? Sabemos la respuesta, y también sabemos que hay los recursos y el dinero para que la contestación a ella tenga sentido y sea útil la creación de un cine nacional del que podamos sentirnos orgullosos.

Nos alegra inmensamente el reconocimiento que el cine español hace a Puerto Rico con “La Pecera”, (contrario a los Oscares donde hemos sido sacados de la competencia por nuestra miserable condición colonial). Sin embargo, me pregunto, ¿tanto necesitamos el reconocimiento de otras naciones -Oscares y Goyas- para reconocer el valor de nuestro cine? ¿O es que estos reconocimientos pues… ayudan a la industria económicamente y eso no se puede despreciar? Vale, eso es comprensible.

Pero el contenido, ¿qué decimos, qué debemos decir? ¿Ante qué contenidos destacamos tantos recursos y tantos esfuerzos? ¿Por qué no empezamos a definir ese camino incierto, reconociéndonos en nuestra propia valía?

Para eso hace falta un grado de madurez que mucho de nuestro cine “adolescente” no tiene todavía.

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