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"¡CUÁNTO ME HAS GLORIFICADO!"

Por R RAMOS-PEREA

Si el revolucionario Yeshua Ben Joseph, torturado en la cruz, gritaba... "DIOS MÍO, DIOS MIO... ¡CUÁNTO ME HAS GLORIFICADO!"... (eso es lo que quiere decir "Eloí, Eloí, lema sabactani", aunque usted crea otra cosa)... es porque entendió en ese instante que su muerte fue una forma de iluminación, una forma de gloria y de victoria.

Es aceptar y honrar la muerte por la idea, por la revolución, por el cambio de un terrible estado de cosas, que solo el hombre y su idea o su dios puede resolver. Es un grito de gratitud.

Es una iluminación, como la de Siddharta bajo el árbol de Bo, cuando descubre que él ha sido su peor enemigo.

Es la epifanía del general, que defendiendo a su Patria lleva sus ejércitos hasta la extenuación, y cuando presto a dar la vida está su último soldado, su enemigo sucumbe para no levantarse más.

Es la glorificación del torturado en la prisión militar. Sangrante, moribundo, ultrajado, hecho pedazos, cierra sus ojos y se glorifica afirmándose en que por lo que luchó estuvo bien decidido, aunque le haya causado la muerte. ¡Que dio gloria y vida a la idea por la que muere! Que su vida alimentó esa idea y ese alimento prevaleció y creció para los que vienen tras él.

A esa gloria debió referirse Yeshua.

Estas mitologías tan iluminadoras, dicen mucho de nuestra alma sedienta de justicia, y ese algo es la necesidad de darse, de comprometerse, de entregarse a los demás en un estremecedor acto de amor humano y social que va mucho más allá de una fe hipócrita, o de nuestras mezquinas debilidades y carencias.

Debemos glorificarnos, es decidir dar y recibir la gloria inmensa de la máxima aspiración del alma que es el "otro".

Darse por el otro fue lo que Yeshua pregonó, en esta, que según cuentan aquellos a quienes se lo contaron, fue una de sus hermosas frases dichas durante el suplicio que hoy se recuerda.

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