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¡DEJEN LA CHANGUERÍA ENVIDIOSA!


por R RAMOS-PEREA

No nos cansaremos de puntualizar la importancia del dramaturgo en el desarrollo del arte literario nacional.

Recientemente se han publicado varios libros donde se hacen interesantes -y algunas muy banales- entrevistas a escritores contemporáneos como un pulso creativo de nuestro tiempo.

Uno de ellos se promocionó como el libro más completo sobre las “mejores escritoras puertorriqueñas”. Salí veloz a comprarlo –(me obligo a estar al día, como si fuera un tratamiento médico)- esperando encontrar entrevistas sobre nuestras más potentes dramaturgas, pero… me quedé “vestido y alborotado” ¡AL NO ENCONTRAR NINGUNA!

Me atacó la vieja ira que guardo sobre este asunto: ¿Pensarán estos editores que el teatro no es literatura?

No pueden ser tan ignorantes, -me dije… si se avientan a publicar un libro de entrevistas sobre las mejores “escritoras” del país y no incluyen a Flora Pérez Garay, a Teresa Marichal, a Adriana Pantoja, a Marieli Durán, a Zora Moreno, a Kisha Tikina, a Aleyda Morales, a Alina Marrero, a Carola García, a Silvya Bofill, a Marian Pabón, a Ivonne Goderich, a Carmen Rivera, a Alejandra Ramos, a Anamín Santiago, a Emineh de Lourdes, a Mirelsa Modesti, a Iraida García, a Agustina Ramírez, a Rayza Vidal, a Carmen Zeta, a Rosita Archevald, y no sigo para no aburrir, pero todas las que he mencionadso son dramaturgas estrenadas y publicadas… ¿POR QUÉ ESTE PREJUICIO?

¿Por qué perpetuar la idea reaccionaria de que el teatro “no es” literatura porque su finalidad no es un libro sino un escenario… y si eso es así, pues ellos determinaron -por su soberbia- que entonces los dramaturgos “no son” escritores?

Lo atribuyo a dos cosas: a envidia y a vagancia. Envidia por una parte. La dramaturgia es el género más complejo de la literatura. Se necesita una gran preparación intelectual para ser escritor de teatro. Un compromiso férreo con la circunstancia social y política. Se necesita además el coraje y el carácter para pararse frente a 300 personas y recibir de ellas de manera inmediata una reacción a lo escrito e interpretado por actores. Los otros géneros dependen de un libro y de la soledad del lector, del que rara vez el escritor se entera su parecer o su juicio crítico. Esa reacción de un público cautivo intimida a cualquiera que se sienta inseguro de lo que hace. El dramaturgo es el escritor más seguro de sí mismo. Podrán temblarle las rodillas minutos antes de abrir el telón, pero está ahí, plantado, esperando el golpe o el aplauso. No se mueve, espera, está armado con una voluntad de trueno. La voluntad de cambiar, de revolucionar, de despertar.

Vagancia por otra parte…la dramaturgia exige complicidad para ser comprendida. Exige compartir, comprender otros puntos de vista, exige trabajo en equipo con actores brillantes -vanidosos y narcisistas-, pero ¡brillantes!, y eso es siempre trabajoso y molesto para el ego resobado y ñoño de un escritor de café.

Así que antólogos y editores de libros sobre literatura nacional: déjense de changuerías y envidias, y aprendan de una vez que los DRAMATURGOS somos escritores (tal vez lo más capacitados de todos los géneros), pensadores e intelectuales a través del primer arte literario de la humanidad, que no fue ni la poesía ni el cuento, sino la REPRESENTACIÓN.

Vayan al teatro a ver dramaturgia puertorriqueña de vez en cuando, digo… si es que no les intimida.

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