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UN EXCELSO MAESTRO SE HA PERDIDO!


Por R RAMOS-PEREA

Visité al Maestro Argimiro Ruano en su Hogar de Retiro en Mayaguez hace apenas tres años. Recuerdo que tenía libros junto a su cama, a pesar de su avanzada edad y su cansancio en los ojos.

Hablamos de los tiempos en que fui su discípulo en el RUM, de nuestras largas charlas sobre Hostos y sobre literatura e identidad puertorriqueña. Sus libros sobre el "Ser puertorriqueño" son lectura obligada y recurrente mía. Me gustaba escucharle siempre el lado místico de las cosas, el que siempre describió con sus buenas dosis de simpático cinismo. Y me enorgullecía el hecho de que también haya sido Maestro de mi santo Padre, a quien le unía una gran amistad fuera del aula.

Ruano, injustamente, fue víctima del vapuleo de los hostosianos fundamentalistas, porque mi Maestro fue el descubridor de la novela "La Tela de Araña", escrita por Hostos y enviada a un certamen en el Ateneo de Madrid. El la descubrió, la adjudicó, la analizó y la publicó. Y puesto que no lo hicieron los hostosianos radicales, y sí un "extranjero" investigador español, ahí fuimos los puertorriqueños con nuestra mezquina envidia a invalidar lo que este sabio había hecho por nosotros.

Muchos hostosianos le invalidaron sus escritos porque Ruano destacaba de Hostos, no solo sus aciertos, sino sus grandes contradicciones. Ante gente que piensa que Hostos, Betances, Albizu, De Diego y nuestros otros patricios eran "perfectos" y hombres sin tacha, eruditos como Ruano exploraban sus contradicciones, las exponían, las analizaban y le devolvían la humanidad que el fanatismo político les robaba. Pero Ruano era español. Y nuestro celo borincano, nuestra pretensión boricuosa de pureza, ha sido el engaño más destructivo de todos nuestros ideales.

Ruano siempre me dio lecciones de dignidad. Me regañaba mi admiración por su trabajo y su tenacidad. Me decía: "No me admire tanto. Usted es joven, usted no sabe todavía lo que cuesta ganarse el respeto de los pares. Y si no se lo gana nunca, confórmese con haber hecho lo que su conciencia le dictó".

Pero mi conciencia me dice que lo siga admirando. Que siga leyendo sus libros. Y aunque su muerte era de esperarse por su edad, saberle ausente de su cama rodeada de libros en aquel hogar de ancianos mayagüezano, me resalta una extraña, pero dulce melancolía.

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