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LA INDUSTRIA DEL LIBRO PUERTORRIQUEÑO


(Otro punto de vista sobre las dos columnas de Ada Torres Toro)

Por R RAMOS-PEREA

Las recientes columnas de la colega Ada Torres Toro lanzan voz de alarma sobre la muerta industria del Libro Puertorriqueño.

Muchas de las soluciones propuestas parten de premisas falsas y aspiraciones, más que de evidentes fracasos.

He sido editor de mis obras y de muchas obras puertorriqueñas de todos los géneros, en especial del género dramático, que por razones obvias tienen más salida internacional que la poesía, o la narrativa de segunda fila; mas no así de la historia o de las que gozan del abrazo generoso de los medios.

He sido por muchos años, director ejecutivo del Instituto de Literatura Puertorriqueña que otorga los Premios Nacionales de Literatura, donde como se señala con verdad, un 70 o un 80% de ellos son de auto publicación. Por varios años pertenecí a la Junta de Directores de la indispensable Feria Internacional del Libro de Pepe Carvajal y Dalia Nieves y como último, pero no menos importante, fui y soy parte del Comité Evaluador de Publicaciones Gaviota a petición de mi hermano de años, Norberto González y ahora de su hijo Javier. Me han publicado editoriales de prestigio desde aquí hasta Japón y he autopublicado entre ambos, unos 80 libros. Con esto sostengo lo que diré.

No podemos iniciar una discusión sobre la industria del libro puertorriqueño si no reconocemos que existen intereses encontrados entre editores y autores. Por ello, suplicar que “nos unamos” para mejorar las presentes condiciones, suena a llanto de cocodrilo. ¿Unirnos quiénes con quiénes? ¿Editores y autores? ¿Quiénes serán los líderes de esa unión? ¿Serán los editores? ¿Esos que le dicen a los autores: “la poesía no se vende”, “este libro tuyo no tiene mercado”, “esto solo le gusta a unos pocos”, “no puedo invertir esfuerzos en un libro que no tiene salida”, “ese tema no interesa”, “busca que te lo asignen en un curso y yo te lo publico”, “tienes que poner el 80% del costo para yo ponerle mi sello editorial”, etc. etc. ¿De veras los editores – varios de ellos, probados LADRONES-, tienen los criterios para decidir esas cosas?

Lamentarse porque exista la auto publicación y desmerecerla para que subsistan editores, correctores, distribuidores, impresores, libreros y gestores, es culpar al esclavo porque el amo no tiene las ganancias que desea.

Elevar el libro al nivel de la industria turística es obligar a los autores a que escriban basura que le pueda gustar a los turistas. O peor aún, que un administrador turístico establezca los criterios de la literatura “que vende”.

No podemos sobreponernos a las diferencias de intereses entre creadores y vendedores. Eso no va a ocurrir nunca. A los libreros les interesa vender y a los escritores les interesa escribir y que se lean. Esos intereses no tienen puntos de unión. Y si los tuvieran, es porque los autores tienen que buscarse la manera de que los medios los promocionen y de ahí los libreros sacan su tajada.

Podríamos abundar en esto muchísimo, pero -¡que inoportuno yo!- la gente no lee columnas tan largas.

Resumo con lo que debe fomentarse: lo dije recién en el estupendo ágape que dio a los autores de Gaviota, la Casa Norberto hace unos días. “Cuando uno es de su país, es de los países todos” como dijo Unamuno. Aquí tenemos que comenzar por fomentar la lectura y venta del libro EN NUESTRO PAIS. Los demás países tienen sus propios problemas de distribución. A los españoles y a los latinoamericanos les importa un pito lo que nosotros publicamos a menos que nos les ganemos alguno de sus premios.

A quien le importa vender en el exterior es a los libreros (pero prefieren invertir sus esfuerzos locales en los “bestsellers” gringos). Al autor le interesa sobresalir, claro, pero tendría que vender el alma al diablo-editor para eso. A cada autor le importa que su libro se lea (no tanto que se venda, porque al autor que le importa más vender libros que ser leído, equivocó su vocación).

RESCATEMOS LAS FERIAS, exijamos el apoyo incondicional de los medios, que los institutos literarios, universidades, ateneos y las organizaciones culturales del estado, ¡¡¡den al libro la importancia que merecen COMO LIBROS!!! No como si fueran sacos de papa, o lingotes de hierro colado. ¡¡Un libro es la voz de la NACIÓN!

Dejemos de llorar por el sistema colonial, las leyes de cabotaje, la desidia del gobierno o la falta de una Cámara del libro que defenderá los intereses de su Directiva y no de la industria.

Obliguemos a los medios de prensa a dejar de publicar cómo le pican las axilas a culturetos que nadie conoce, y empiecen a hablar de sus dramaturgos, de sus poetas, de sus novelistas, de sus historiadores. En un país donde no existen páginas literarias, ¿cómo demonios podemos hablar de una industria del libro?

Que las librerías reciban incentivos por los libros puertorriqueños que venden o distribuyen. Casi todas las librerías, con honrosas excepciones, ponen libros en inglés en las góndolas de entrada, y esconden los libros puertorriqueños en la última pared de la librería, porque a “la gente le gusta leer en inglés y se venden más”.

No se condene más la auto publicación. Los autores no van a ser esclavos de quien los desprecia. La auto publicación es lo único que le queda al autor que no quiere someterse al espurio criterio de unos pocos editores dominados por sus prejuicios (cuando no impulsados por su pillaje). Que quede claro, editores buenos y responsables en Puerto Rico, se cuentan con una sola mano y sobran dedos.

Cuando los autores se den la importancia que merecen a través del interés del público, los editores y los libreros les besarán los pies.

No al revés.

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