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𝐋𝐀 𝐎́𝐏𝐄𝐑𝐀 𝐏𝐔𝐄𝐑𝐓𝐎𝐑𝐑𝐈𝐐𝐔𝐄𝐍̃𝐀 𝐇𝐀 𝐌𝐔𝐄𝐑𝐓𝐎

Taller de Dramaturgos hy Compositores. Ópera de Cámara, San Juan, PR. -1988
Taller de Dramaturgos hy Compositores. Ópera de Cámara, San Juan, PR. -1988

Por R RAMOS-PEREA

Una vieja foto de mis archivos me ha revelado algode lo que nadie ha dado cuenta: la ópera puertorriqueña ha muerto.

En 1988, el Taller “Ópera de Cámara” realizó un importante encuentro en el que se convocó a tres de los mejores compositores de música de Puerto Rico, junto con tres dramaturgos nacionales, entre los que estuve acompañado por la colega Alina Marrero y mi queridísima hermana y colega Aleyda Morales. Los tres participamos en varias sesiones de días largos, trabajando con los compositores y cantantes bajo la tutela de músicos norteamericanos especializados en ópera para crear lo que podría haber sido, una ópera puertorriqueña.

Posterior a ese taller, los intentos de ópera puertorriqueña han sido muy, pero muy escasos, y han venido de la mano del hermano y compositor William Ortiz, quien pudo llevar a escena las óperas 𝐶𝑜𝑛𝑡𝑟𝑎𝑏𝑎𝑛𝑑𝑜 (con libreto del que suscribe), 𝑅𝑖𝑐𝑎𝑛 (libreto y música suyos) y una interesante derivación escénica con la letra de Sotero Figueroa de la zarzuela 𝐷𝑜𝑛 𝑀𝑎𝑚𝑒𝑟𝑡𝑜, escrita en 1887. William Ortiz conoce la estructura de la ópera, domina todo su entramado musical, y junto con él solo puedo recordar la maravillosa intervención que tuve con el compositor Francis Schwartz en la redacción del libreto de la ópera 𝐿𝑜𝑠 10,000 𝑜𝑗𝑜𝑠, basada en la vida de Francisco Oller.

En aquella época, la más alta expresión de nuestra ópera fue 𝐸𝑙 𝑚𝑒𝑛𝑠𝑎𝑗𝑒𝑟𝑜 𝑑𝑒 𝑝𝑙𝑎𝑡𝑎, libreto de la Maestra Myrna Casas, con música del maestro Roberto Sierra. Pero a partir de ahí la influencia estadounidense terminó por consumir esos buenos intentos de creación de ópera y nos impuso, de manera agresiva y violenta, el “gusto” por el musical estadounidense.

El musical no es un género reprochable, pero en nuestro caso se asocia a nuestra inevitable disolución cultural colonial. Pero “la colonia” es un tema tan resobado que anula cualquier discusión específica sobre lo pertinente. Nos conviene reflexionar: ¿qué hacemos después de echarle la culpa a la colonia?

El hecho de que no existan óperas puertorriqueñas es alarmante, es la gordura de nuestra incultura. No solo es la muerte de un género musical que en otros países es activo y dinámico, sino que implica la pérdida de algo que pudo habernos dado estructura, sentido y camino a nuestras aspiraciones humanisticas. (si es que las tenemos). Nadie puede negar que la ópera es uno de los géneros más hermosos de la música y así lo ha sido por siglos, porque permite, a través del mágico uso de la voz, la palabra culta y la música, las emociones más intensas y honestas de una historia.

Las comparaciones de la ópera con el musical americano siempre serán desventajosas para el musical. La ópera es un género del alma, la ópera es grito ardoroso de lo humano. Una hermosa ópera jamás será competencia para el “song and dance” que entretiene al que no quiere profundizar en sus propias emociones. El musical estadounidense entretiene, es melodramático y cursi, produce dinero, enajena y trivializa. No existe musical estadounidense más trivial que 𝑊𝑒𝑠𝑡𝑆𝑖𝑑𝑒 𝑆𝑡𝑜𝑟𝑦, donde se ningunea nuestra puertorriqueñidad y donde el libretista se burla de nuestra idiosincrasia de las maneras más festinadas e indecorosas. Broadway, cuna del musical, es un producto que complace, no un arte que edifica. Excepciones habrá, claro está.

Que el compañero Lin-Manuel Miranda haya escrito el musical Hamilton, basado en la historia de un emigrante y de sus triunfos en la historia estadounidense, ratifica la importancia de ese género en los Estados Unidos. Bien por él que pudo componer un musical que ha hecho historia porque tiene una gran historia que contar. Aquí, lamentablemente, no ha sido apreciado como material literario, sino como un exitoso “show” más.  Pero una golondrina no hace verano. El “musical puertorriqueño” no ha alcanzado ninguna altura que pueda considerarse apreciable frente a los musicales del mítico “broadway” que pretende imitar. Porque, aunque suene duro decirlo, somos especialistas “imitando” lo que nos humilla.

Así que, con la muerte de la ópera y la trivialidad del musical, ¿dónde nos encontramos hoy, el Día del Actor? Más que ante una celebración, ante un terrible duelo. Estamos de luto. La ópera puertorriqueña yace bajo tumbas de olvido. Que no descanse en paz.

 

 
 
 

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