𝑹𝒆𝒔𝒆𝒏̃𝒂: 𝑳𝑰𝑻𝑨: 𝑼𝑵 𝑫𝑹𝑨𝑴𝑨 𝑺𝑶𝑩𝑹𝑬 𝑩𝑬𝑻𝑨𝑵𝑪𝑬𝑺
- Instituto Alejandro Tapia y Rivera
- hace 9 horas
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𝑷𝒐𝒓 𝑹𝒐𝒃𝒆𝒓𝒕𝒐 𝑹𝒂𝒎𝒐𝒔-𝑷𝒆𝒓𝒆𝒂
Hay cuatro momentos estremecedores en la historia del romanticismo puertorriqueño del siglo XIX.

El primero de ellos es la torturante vida amorosa de las hermanas de Gautier Benítez y la suya como amante de la poeta Fidela Matheu.
El segundo momento es el duelo que sostuvo Alejandro Tapia y Rivera con un capitán de artillería que llevaba su mismo apellido, y su posterior herida de bala.
Y el tercer momento es la muerte de Micault y Nuñez en brazos de Baldorioty de Castro.
Y el cuarto, el viaje de Ramón Emeterio Betances con el cadáver de su amada Lita, desde Francia hasta Puerto Rico, en el año de 1859.
Es sobre este momento tan devastador y triste del Padre de la Patria Puertorriqueña que se ha escrito el drama LITA, por uno de los más destacados dramaturgos nacionales, el amigo y colega Pedro Rodiz, que ha estrenado en el Festival de Teatro Puertorriqueño del Instituto de Cultura Puertorriqueña.
Y LITA es mucho más que una obra de teatro inspirada en una historia nacional romántica. La travesía que el personaje central —interpretado con iluminada y magistral lucidez por el primer actor Freddy Acevedo— atraviesa el dolor y el ensueño, desde la nostalgia más triste hasta la alucinación más desgarradora. A través de la obra, nos hunde en la tortura que causa el desarraigo de la muerte de lo más amado.
Nos cuenta la historia de este amor, inicialmente prohibido, entre el Padre de la Patria puertorriqueña y su sobrina Lita. Lo fascinante de esta proposición teatral es la humanidad ofrecida, fuera de la mitificación y del melodrama de victimización que podría haber provocado una romantización betancina.
Rodiz expone a Betances en todos sus defectos y virtudes: desde el hombre arrogante, soberbio, frustado y temerario que siempre fue, hasta el soldado comprometido hasta la muerte con sus ideas; sobre todo, con la idea de liberación, tanto de los esclavizados como de la patria.
A Lita, en cambio, la presenta como esa muchachita desenfadada y audaz que, a los dieciocho años, no comprende la inmensidad del hombre que tiene delante, pero está dispuesta a ser amada por él y a entrar con él en los laberintos más brillantes del amor. El personaje, interpretado con sublime presencia por esa talentosa actriz que es Mariana Monclova, con su cautivador acento puertorriqueño tan candoroso y gentil.
José Eugenio Hernández, siempre actor correcto, y preciso, interpretó con limpida viveza al Capitán del Barco, y el grupo musical que acompañó la obra, realizó un trabajo de ambientación afinado y sobre saliente.
LITA nos transporta a las mismas fibras de su corazón inocente que, aunque lleno de miedos, se ofrece con genuina pasión. Pero, como todo fogoso amor, se manifiesta a veces entre silencios, lágrimas y reproches. El texto es conmovedor y sublime, con parlamentos de tajante y directa poesía.
La escena de la absenta (la droga de los poetas malditos del siglo XIX), donde Betances, preso del sopor de la droga, posee delirantemente la imagen de su amada y ella a su vez lo llama a la muerte, es quizá una de las estampas teatrales más perturbadoras del teatro histórico puertorriqueño. Arranca nuestro corazón no desde la pena piadosa, sino desde la herida terrible de ver al gran héroe, nuestro Comandante primero, caído en la más profunda de las amarguras.
Podríamos reclamarle muchas cosas a Betances: su fracaso en la liberación de la patria, su huida a París, su negativa en 1873 de continuar esfuerzos revolucionarios que continuaron Hostos y Baldorioty; pero esos fracasos —en esta obra convertidos en triunfos prometidos al futuro— no borran al magno patricio que Rodiz nos presenta en su dimensión más pura. Betances no pudo liberar a la patria por las razones que ya conocemos, pero pudo liberar en su corazón la feliz tristeza del amor más fiero, liberado hacia la felicidad suprema y luchando por sostenerla hasta el último instante.
Y esa felicidad suprema no es otra que el amor: el amor que dispensaba libertad a los esclavizados, el amor a la patria y a la libertad, ejercida del brazo de Segundo Ruiz Belvis y que a ambos les costó casi la vida.
No encuentro palabras para calibrar el intenso y dulce placer que me dio contemplarla y entrar en ella como fantasma omnisciente.
Hay colegas dramaturgos que a veces —muy pocas— recurren a la historia de la Patria, pero casi ninguno supera o alcanza lo que otras generaciones legaron, cuando es la historia puertorriqueña la inagotable cantera de tramas que la vida le ha ofrecido a los dramaturgos nacionales. Aquí hay un trabajo de dramaturgia de primera, una dramaturgia elegante, intensa, necesaria y brillante.
La producción en general, realizada por la distinguida dramaturga Olga Vega Fontánez, es un verdadero ejemplo de calidad, talento y compromiso con nuestros escenarios.
Conocemos pocas puestas en escena más honestas y más sentidas que esta. Tanto Pedro Rodiz como Silvia Boffill y su montaje de “La ERRE” nos han dado dos ejemplos de lo mejor de nuestra dramaturgia de esta primera cuarta parte del siglo.
A la obra LITA aún le quedan dos funciones. Debe verla. Porque pocas veces tenemos esta grandiosa oportunidad de sentir el escenario puertorriqueño como un espejo de nuestra alma. Un abrazo de intensa gratitud a mi colega Pedro Rodiz, y también mi lágrima triste —que cosa más bella que la tristeza dulce hay muy pocas.



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