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LA HACIENDA DE LOS CUATRO VIENTOS


Por. R RAMOS-PEREA

La Prof. Mariana Quiles, excelentísima actriz y directora de escena puertorriqueña tiene a su cargo los cursos de actuación en el Departamento de Drama de la Universidad del Sagrado Corazón, y contrario a la impresión que hemos recibido de esa Universidad al inclinar las artes hacia un mero producto “industrial” o como un pedestre “negocio”, el montaje que ha estrenado en honor al gran Belaval nos devuelve la esperanza de la enseñanza del teatro como arte, como emoción, como revolución y pasión, y sobre todo como solidaridad patria.

Siempre he detestado esa vulgarización del teatro como un prosaico asunto de pesos y ganancias a costa de la misión humanística que lo originó. Pero ese soy yo.

Para afirmarme en lo que importa al corazón más que al bolsillo, asistí a la “épica” de “La Hacienda de los Cuatro Vientos”, estrenada por Emilio S. Belaval en 1957 y que montó Mariana Quiles con más de 25 estudiantes en el teatro que lleva su glorioso nombre.

Conocemos toda la obra de Belaval desde nuestros tiempos de estudiante y siempre le reconocimos el ser un dramaturgo orondo, afrancesado, grandilocuente y por demás profundo y certero. Esta obra en particular enaltece la sabiduría de este jurista que desentrañó la contradictoria condición humana con sus acercamientos al drama de otras latitudes. Belaval era afrancesado, y esto se refiere a europeizante. Se crió como dramaturgo junto a Francisco Arriví y Manuel Méndez Ballester, -los padres de nuestra dramaturgia contemporánea-, y gracias a esa influencia depositó en este drama de haciendas, sus más acendradas emociones puertorriqueñas. Sus otros dramas posteriores se enlistaron en las corrientes filosóficas europeas y hoy en día no se hacen muy apreciables. Sin embargo, aún lejos de sus raíces, Belaval es un pensador dinámico, preciso, lógico y certero en su visión de mundo.

“La Hacienda de los Cuatro Vientos” cuenta la historia de un secundón (hijo segundo de un terrateniente español) que llega junto a su hermana a ocupar una abandonada hacienda en la que aún sirven criados criollos y españoles. El hijo de éste al cumplir 18 años se declara conspirador antiesclavista y muere en un alzamiento contra Pezuela (este hecho es apócrifo, pues no hubo revueltas abolicionistas durante la dictadura de ese español “hijo de ramera” que fue Juan de la Pezuela). La muerte de este joven transforma a su padre quien al final se siente con la obligación de hacer suyas las causas de su hijo.

Un personaje que Quiles desarrolló para establecer la contradicción de estas causas abolicionistas, es el de una bruja martiniquesa que maldice a los negreros. Con ella, la condescendencia de los amos españoles con los esclavos serviles se comprende a cabalidad. No podemos dejar de pensar en la admiración de Belaval por sus raíces españolas, que era muy fuerte. Para estas raíces, el abolicionismo era justo, pero el amo es el amo y el criado tiene que dar su vida por él. Esta proposición nunca fue válida entonces -por eso las revueltas y el trabajo de intelectuales como Segundo Ruiz Belvis, Betances, Tapia, Baldorioty y José Julián Acosta entre muchos otros antiesclavistas de apretado cuño-, ni es válido ahora que conocemos la gran cantidad de rebeliones de los esclavizados desde la misma monarquía esclavista de Fernando VII.

Quiles ha realizado un montaje fiel a la época, muy bien movido (aunque algo apretadito por culpa de una plataforma impertinente), pero la didascalia fluye con organicidad y no está demás decir que tiene composiciones realmente hermosas.

Por tratarse de estudiantes de diferentes niveles, es lógico que algunos luzcan más aventajados que otros, pero la gran mayoría de ellos, a pesar de actuaciones limpias y honestas, deben profundizar en el análisis de texto, curso indispensable de cualquier Departamento de Drama y que ninguna universidad de este país ofrece.

Hubo omisiones inexcusables en este renglón que los profesores de ese Departamento deben atender. Los problemas de dicción, como cualquier pequeña herida, se sanan con la práctica, así que eso no es óbice para disfrutar de la pasión que pusieron en sus personajes.

Destaco a algunos, como el trabajo de Adriana Isabel, joven de gran presencia y de poderosa concentración. Etienne Tarrazo, mesurado, correcto y notable, Daniel Torres, profundo y fogoso, y la actuación del Profesor Rafael Pagán, ciertamente excepcional y sentido. Podría decir algo de los demás, pero ya me extiendo mucho.

El Teatro Puertorriqueño tiene su particular manera de llevarse a escena. Tiene su secreto que tiene que ver con la sangre de quien lo dirige. Por ello, el teatro puertorriqueño es el más difícil de llevar a escena en este país. No todos pueden dirigirlo con éxito. Cuando está bien escrito, es un verdadero misterio que hay que estudiar a fondo, practicarle sus dosis de sociología e historia, y sobre todo sentirlo como suyo. No hay manera de hacer una obra nacional como se hace cualquier otra. Nuestro nervio dramático es único. Y por único, esplendoroso para el que lo siente y lo admira.

Más de una vez me tocó el alma esta producción. Muchas veces la agradecí. No por mí, para quien Belaval es un colega hermano, más que un nombre que la historia ha puesto viejo, sino porque de una grácil forma, Quiles sembró en sus estudiantes la pequeña pero resplandeciente dicha de que llevaron a escena la voz de la Nación.

Y ante la majestad de NUESTRA DRAMATURGIA, de nada vale la autoridad “de la Reina de España”.

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