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OPPENHEIMER


Por R RAMOS-PEREA

Cuando tenía estudiantes siempre me esforzaba en enseñarles la diferencia entre una opinión y un criterio. Y ante las realidades “no binarias” del presente, me doy cuenta de que muchos de ellos no aprendieron esa simple diferencia. Es muy difícil enseñar a una generación dominada por la moda, las orientaciones, los gustos y los placeres que, porque a uno no le guste algo, no quiere decir que ese algo sea “malo”, o “sea una mierda”.

El reto de las opiniones es explicarlas, darle sentido y sobre todo darles un por qué. Muy poca gente puede explicar, con criterios razonables, por qué algo no le gusta. Muchos de ellos (de edades y generaciones diferentes) no saben explicar por qué no les gusta algo y se conforman con lo que su gusto les impone. “No me gustó” y ya. Como si su gusto le importara a los demás.

Muy poca gente está indispuesta para explicar, por ejemplo, por qué no les gusta determinada obra teatral, o película o muestra cultural. Porque el criterio supone una escala de valores cimentada en análisis, en estudios, en comparaciones, en valoraciones de la aportación que hacen y la importancia de haber sido producidas en sus contextos. Los opinionados siempre se quedan mudos al momento de explicar cuáles son las razones por las que rechazan algo. El criterio obliga a la profunda dialéctica (argumentación y discusión) sobre esos valores con los que se juzga alguna cosa.

Acabo de ver “Oppenheimer”, y leo opiniones como: “esta película trata del cabrán que inventó la bomba atómica y jendió al mundo”. O otra: “la película es muy larga y tiene escenas muy aburridas” o “no la entendí” o aquellos que evalúan los procesos creativos de la película como si fueran expertos en cinematografía y para quienes los efectos especiales son más importantes que el guión.

La película tiene tantos valores en su guión, que un post de Facebook es un microscópico espacio para evaluar su importancia como obra de arte.

La tragedia que conforma el personaje central solo puede ser entendida si se comprende el sentido de lo trágico. El enfrentamiento a lo que es inevitable en un contexto de guerra complejísimo y el sometimiento de la honesta y curiosa ciencia al interés militarista y la corrupción política. La historia de Los Alamos llevó a la guillotina al humanismo del científico, a la compra-venta de sus principios y sometió su trabajo de las más maneras más traperas que pueden imaginarse. Porque este es quizá el mejor de los valores de la película, su apego a la historia, al humanismo del sabio engañado y sobornado con esperanzas fatulas y a la defenestración criminosa de su reputación. Eso hizo la bestia que fue Harry S. Truman y sus acólitos.

Santayana lo apuntó con sabiduría “el que no conoce su historia está condenado a repetirla”. Y esta película, para los que no han leído una línea sobre el tema, es una lección magistral. Oppenheimer es un héroe trágico, y hasta cierto punto una víctima. Al salir del cine -al verme atribulado de tantos pensamientos, uno de mis acompañantes me pide mi opinión, a lo que le contesto, -no con un sí o un no-, sino con una sencilla lección de dramaturgia: “te puedo contar la película en un par de oraciones, eso te dirá lo que pienso: un genial científico y sus colegas hacen un descubrimiento trascendental, pero ese descubrimiento se hace en medio de la Segunda Guerra Mundial, donde un demente como Hitler amenaza con hacer estallar al mundo. ¿Qué hacer? Defenderse. Pero en ese acto de defensa intervienen los militares corruptos y le piden que él termine una guerra genocida, provocando otra guerra genocida. Una vez se logra el propósito de derrotar al enemigo, el sabio -como los traidores- ya no es necesario. Se queda solo con sus principios aplastando los miles de cadáveres calcinados. Lo mejor de la película no es el invento de la bomba, sino la traición de esos mismos militares y políticos contra el sabio que ya es inútil y le acusan de espía y comunista. El sabio lucha por reivindicar lo que sabe fue su falla trágica, proponiendo remedios humanísticos a la tragedia de la que el mismo fue parte. Esos remedios son utilizados en su contra y el sabio se retira a su culpa.” Fin.

Es una tragedia griega por lo inevitable como en “Ayax”, shakespiriana por lo inevitable de la caída como “Hamlet”, calderoniana por el absurdo de Segismundo, ibseniana por el dolor de lo ilógico como “El enemigo del pueblo” … y así sucesivamente.

Es una gran película porque es una gran lección de la historia, una gran lección para la ignorancia y una luz suprema para entender los laberintos de nuestra manipulada humanidad. No vaya a ver una película que pueda o no gustarle. Véala como se ven las grandes obras de arte, con el asombro ante la lección de lo desconocido.

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